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viernes, 21 de junio de 2013

Especial Star Trek: 'Star Trek: Insurrección', de Jonathan Frakes

Star Trek insurrecion cartel

Aun considerando el éxito que había sido ‘Star Trek: primer contacto’ (‘Star Trek: First Contact’, Jonathan Frakes, 1996), Paramount quería rebajar el tono de la siguiente entrega de las aventuras de la nueva generación, una decisión que pasó por no volver a contar con Ronald D.Moore y traer a bordo a Michael Piller, guionista de la ‘Star Trek: la nueva generación‘ (‘Star Trek: the Next Generation’, 1987-1994) y co-creador junto a Rick Berman de ‘Star Trek: Espacio profundo 9‘ (‘Deep Space 9’,1993-1999). Pero la labor de Piller no iba a ser sencilla.

Reescritura tras reescritura, el guión de lo que terminaría siendo ‘Star Trek: Insurrección‘ (‘Star Trek: Insurrection’, Jonathan Frakes, 1998) pasó por muchos y muy diferentes estados, considerando guionista y productor ideas que iban desde una historia de rescate a la manera de homenaje hacia el clásico ‘El prisionero de Zenda‘ (‘The Prisoner of Zenda’, John Cromwell, 1937) hasta matizar el argumento con elementos extraídos de ‘El corazón de las tinieblas‘ de Joseph Conrad. Todo ello al tiempo que intentaban recuperar para la saga el espíritu ligero que había hecho de ‘Star Trek IV: Misión salvar la Tierra‘ (‘Star Trek IV: the Voyage Home’, Leonard Nimoy, 1986) el mayor éxito comercial de la franquicia.

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(De aquí en adelante, spoilers) Finalmente, y tras muchos vaivenes, el argumento de la novena entrega de la saga galáctica quedó prácticamente cerrado, arrancando la historia que vimos en la gran pantalla hace quince años con Picard y su tripulación trasladándose a un misterioso planeta para investigar el porqué del malfuncionamiento de Data para descubrir que la raza que en él habita, los Ba’ku, han encontrado allí la forma de no envejecer, algo que la Federación y una raza enemiga llamada Son’a quieren para ellos.

Con Jonathan Frakes de nuevo en la anodina dirección de la cinta, que cumple con trasladar el guión al celuloide pero carece de personalidad, y el rodaje transcurriendo sin problemas, los pases previos indicaron que algo no funcionaba del todo bien con el final de la cinta, que acababa con Ru’afo —personaje interpretado por F.Murray Abraham— flotando en el espacio mientras iba rejuveneciendo gracias al poder que reside en los anillos del planeta Ba’ku.

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Cambiando dicho final por el más cerrado y contundente —al menos con respecto al destino del “malo” de la película— que se puede ver en el montaje final y no pudiendo contar el mismo con una batalla espacial de mayor escala porque su filmación habría atrasado la fecha de estreno prevista para las Navidades de 1998, lo que resulta llamativo es que nadie se diera cuenta de lo ridículo que el guión llega a ser en no pocos momentos y, sobre todo, de ese síndrome de “capítulo de la serie alargado” que aqueja al filme.

De lo primero hay muestras abundantes a lo largo de la cinta y casi siempre tienen que ver, sorprendentemente con el personaje de Picard, ya sea debido a que, por protocolo intergaláctico, se vea obligado a ponerse un esperpéntico tocado en su reluciente calva, ya porque, al sentirse más joven gracias a la influencia del poder que reside en Ba’ku, le de por bailar un mambo a bordo del Enterprise (sic), algo que Patrick Stewart, con su habitual buen hacer, defiende como puede.

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Pero es en el hecho de parecer una idea extraída de cualquier episodio de la serie televisiva que se ha estirado hasta alcanzar las casi dos horas de metraje donde ‘Star Trek: Insurrección’ demuestra que la “regla de la película impar” se vuelve a cumplir, languideciendo sobremanera el ritmo de la historia tanto en el inofensivo desarrollo de la historia de amor entre Picard y una de las habitantes de Ba’ku —que no lleva a ninguna parte— como en lo poco atractivo que, en términos generales, resulta todo el conjunto; algo que viene derivado, no cabe duda, de la ligereza con la que se tratan las ideas del filme, no sintiendo el espectador en ningún momento la tensión o el inminente peligro que sí tenía, por ejemplo, la anterior entrega de la saga.

Y así, en un filme que entretiene a intervalos muy cortos, que nada plantea que sea novedoso y que, a la postre, no es más que una excusa para sacarle los cuartos a los trekkers acérrimos, lo único que resulta destacable es la partitura compuesta por Jerry Goldsmith, poseedora de uno de los temas más bellos que se pueden escuchar en la saga junto con el que el maestro compusiera para Illya en ‘Star Trek, la película‘ (‘Star Trek, the Motion Picture’, Robert Wise, 1979). Y esto último es algo que ni siquiera podremos decir de la que será la última cinta protagonizada por Picard y compañía.

Especial Paul Newman: 'Marcado por el odio' de Robert Wise

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Tras hacer el ridículo en su debut cinematográfico, Paul Newman se hizo con un papel que era para James Dean, quien no pudo interpretarlo debido a su prematura muerte. Ambos actores salidos del Actor´s Studio, además de amigos, optaron a los mismos papeles en sus comienzos, y aunque sería curioso ver a Dean en el papel de Rocky, lo cierto es que no puedo imaginarme ya a otro actor que no sea Paul Newman en el personaje que le consagró. Realmente sorprendente, sobre todo si lo comparamos con su anterior trabajo, ejercicio que recomiendo para que todo aquel que quiera pueda apreciar las enormes diferencias de talento entre Paul Newman y sí mismo. Como suena.

El actor se pone por primera vez a las órdenes de un realizador como Robert Wise, que tras una carrera de montador, dejaba ya algunas películas importantes a sus espaldas, tal es el caso de ‘Ultimátum a la tierra’ (‘The Day the Earth Stood Still’, 1951) o, sin ir más lejos, un título a veces olvidado en el subgénero del boxeo, ‘Nadie puede vencerme’ (‘The Set-Up’, 1949) —en nuestro país se le conoce además con los títulos ‘Tongo’ y ‘Combate trucado‘—, un denso thriller con un inolvidable Robert Ryan ambientado en el corrupto mundo pugilístico que se decanta hacia el lado de Film Noir. ‘Marcado por el odio’ (‘Somebody Up There Likes Me’, 1956) se centra en el lado humano y personal de su personaje central.

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Tomando como base la autobiografía de Rocky Graziano —campeón de los pesos medios en 1947— ‘Marcado por el odio’ se divide en dos partes cohesionadas con bastante pericia; la `primera se centra en la vida que lleva Rocky Barbella (Newman), la relación con su siempre comprensiva madre —Eileen Heckart consiguiendo ese raro milagro de hacer que veamos a un personaje y no una actriz interpretando un personaje— y con su rígido padre —Harold J. Stone, uno de los secundarios típicos de aquellos años—, abocado a la bebida por dar la espalda al sueño de su vida: ser boxeador profesional. La segunda intercala la relación con el personaje de Pier Angeli —la actriz ya había coincidido con Newman en ‘El cáliz de plata’ (‘The Silver Chalice’, Victor Saville, 1954)— con su ascenso en el boxeo. Lo cierto es que combates de boxeo, salvo el final por motivos lógicos, se ven muy pocos.

Pero es precisamente en ese detalle donde se ve la excelente mano de Wise para narrar con su dominio del montaje. Así el director refleja el éxito de Rocky en el boxeo con todo lo que le sucede en su vida personal. Baste señalar las escenas encadenadas de Barbella volviendo a casa después de boxear y acercándose a su hijo, el rostro de Rocky está cada vez más magullado, haciéndonos así una idea de cómo ha resultado el combate. Vida personal y deporte se unen y entrelazan como elementos inseparables que a la fuerza influyen el uno en el otro. Rocky pelea en la vida para conseguir lo que quiere de forma fácil aunque no legal, sobre el ring es él mismo con toda la fuerza de sus puños, y cuando lo desleal o ilegal hace acto de presencia, hace lo que hace en la vida cuando le ley le persigue, huir.

A Wise le quisieron imponer el filmar en decorados, pero cuando vio lo horribles que eran, o así lo pensaba él, solo los utilizó para determinadas secuencias de interiores y siempre oscuras. Para ello contó con la inestimable ayuda de Joseph Ruttenberg en la fotografía y gente como el mítico Cedric Gibbons —ganador de once Oscars y director artístico en más de 1.000 películas— en los decorados, mientras se atrevía con algunas secuencias filmadas en exteriores que apoyaban el tono realista que el film pretende en ciertos instantes. El cine estadounidense cambiaría considerablemente en la década siguiente, evitando el sistema de estudios que tanto se llevaba hasta entonces. ‘Marcado por el odio’ es una de las primeras muestras de ello.

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Y si en su primera interpretación para el cine Paul Newman estaba más bien nefasto como hemos dicho, aquí aun con todos los tics del Actor´s Studio el actor está sensacional, libre, componiendo un personaje a su medida, que muestra al típico joven atormentado tan del gusto de los actores de método, con un control absoluto por parte de Newman, ese que no le permite pasarse de rosca ni un milímetro alcanzando aquello que muchos dicen que no existe y tal vez sea cierto, la perfección. Además de la fiereza mostrada en el combate final, filmado de forma impecable por Wise, el actor se luce cuando los sentimientos contradictorios inundan al personaje. Baste fijarse en la relación de Rocky con Norma (Angeli) en la que Newman refleja muy bien ese rechazo que en realidad es atracción.

El trabajo de un actor primerizo en estado de gracia —sin desmerecer al resto de intérpretes, que están impagables en un reparto en el que además podemos reconocer a un jovencísimo Steve McQueen— y un director con las ideas muy claras —esa envidiable y equilibrada mezcla de géneros— convierten ‘Marcado por el odio’ en uno de los films más influyentes dentro de su estilo. Tanto Sylvester Stallone —de Rocky Barbella a Rocky Balboa no hay muchos pasos— como Martin Scorsese la tuvieron muy presente para sus respectivas cintas sobre el deporte.

A partir de esta película la carrera de Paul Newman parece ir en consonancia con la última frase recitada en la misma y que no es otra que su título original.

viernes, 14 de junio de 2013

Especial Star Trek: 'Star Trek: Primer contacto', de Jonathan Frakes

Star trek primer contacto cartel

Como ya había pasado en anteriores ocasiones con la franquicia, el entusiasmo de la Paramount con el potencial de taquilla que adivinaban para ‘Star Trek: la próxima generación‘ (‘Star Trek: Generations’, David Carson, 1994) —la cinta terminaría recaudando 118 millones, una cifra espectacular para los 35 que había costado— provocó que dos meses antes del estreno de la séptima entrega de la saga galáctica la productora diera luz verde a un octavo filme que volvería a estar escrito por Ronald D.Moore y Brannon Braga, contando asimismo con Rick Berman en las tareas de producción.

(De aquí en adelante, spoilers) Sería precisamente de Berman la idea de que el filme volviera a jugar con los viajes temporales, una base argumental que ya había sido utilizada dos veces por la saga y que aquí se aunaría con los intereses de los guionistas de volver a traer a colación a los Borg, una peligrosísima raza extraterrestre que había aparecido con gran éxito entre el final de la tercera temporada y el principio de la cuarta en la serie televisiva de la nueva generación, posicionándose rápidamente como uno de los favoritos de los trekkers.

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El principal problema una vez decidido que la Enterprise viajaría al pasado persiguiendo a unos Borg que, al hacerlo, cambiaban el futuro de la humanidad, fue determinar a qué época lo harían, proponiendo Berman que el Renacimiento podría ser una opción viable dentro de los límites del presupuesto del filme. Y así, el primer borrador, titulado ‘Star Trek: Renacimiento‘ seguía a Picard y compañía a la colmena que los Borg creaban en las mazmorras de un castillo, con una acción que habría incluido duelos de espadas y a Data convirtiéndose en el aprendiz de Leonardo Da Vinci (sic).

Gracias a quién haya que dárselas, Moore pronunció a tiempo los obvios temores ante el exagerado tono camp que podría haber derivado de tan estrambótica propuesta y, esta, junto a otras posteriores, fue rechazada hasta que se llegó a la que pudimos ver en los cines, con la raza alienígena impidiendo que el primer contacto entre terráqueos y vulcanianos tuviera lugar, y negando así la posibilidad de la creación de la Federación y el principio de la paz intergaláctica.

Aclarado el peliagudo asunto que envolvió al guión durante largo tiempo, las miras de la Paramount se centraron en quién iba a ser el realizador elegido para ponerse al frente de la producción del octavo filme de la saga galáctica: tras considerarse a nombres como los de Ridley Scott o John McTiernan —tiemblo pensando lo que estos dos monstruos del cine habrían hecho con el filme— la tarea cayó finalmente en las hábiles manos de Jonathan Frakes, el actor que interpreta al primero de a bordo del Enterprise y que, tras dirigir varios episodios de las series televisivas, se estrenaría aquí en la gran pantalla.

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A lo largo de los años los detractores más acérrimos de ‘Star Trek’ en términos genéricos siempre han achacado a la gran mayoría de sus películas el que más que historias pensadas para ser proyectadas en cines, las cintas parezcan meros capítulos que, en lugar de los 45 minutos de rigor, se han prolongado hasta las dos horas. Y si en algunas de los filmes de la tripulación original tales afirmaciones se hacían dolorosamente evidentes —y no hace falta que recuerde la quinta parte, ¿verdad?— es en los cuatro protagonizados por la nueva generación donde ese cariz televisivo toma mayor intensidad, siendo no obstante ‘Star Trek: Primer contacto‘ (‘Star Trek: First Contact’ 1998) aquél en el que este rasgo comporta menos “verguenza ajena”.

Ello se debe, fundamentalmente, a los dos ámbitos tan diferenciados en los que se mueve la acción. De una parte tenemos todo lo que sigue a Picard —un Patrick Stewart muy irregular— y Data a bordo de una nave que poco a poco va cediendo espacio al implacable avance asimilativo de los Borg; de la otra, el relato de lo que sucede a Riker, Geordi y Troi mientras intentan que Zefram Cochrane, el inventor del motor de impulsión, logre despegar a tiempo en su nave, un misil nuclear reconvertido, para llamar la atención de la nave vulcana que provocará el primer contacto al que hace referencia el título del filme.

Todo aquello que acaece en la Tierra tiene limitado o nulo interés, cayendo en el ridículo en la mayoría de las ocasiones en las que la atención del filme nos traslada a la superficie de nuestro planeta por mor de situaciones cogidas con pinzas y por la elección de Moore y Braga de hacer de Cochrane un borrachín desencantado de la vida espléndidamente interpretado, eso sí, por el siempre excelso James Cromwell.

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Con lo poco que logra despertar la curiosidad del espectador lo que tiene lugar fuera del Enterprise, le toca a esta mitad del filme soportar todo el peso de la intriga que es capaz de desarrollar la trama, y aunque en algún que otro momento la acción roce el ridículo —el invento de la holocubierta vuelve a provocar, como ya hiciera en el anterior filme, que los engranajes de la producción chirríen incómodos— por lo general los Borg animan lo suficiente la función como para compensar los puntos peor definidos de la misma.

Contando de nuevo la franquicia con la música de Jerry Goldsmith, un compositor que demostraba estar en plena forma con una partitura brillante y un tema principal sublime que se cuentan entre lo mejor que llegaría a escribir durante los noventa, ‘Star Trek: primer contacto’ supondrá para los seguidores del universo trekker la última alegría cinematográfica que la saga nos dará en mucho tiempo. Con dos de los tres peores filmes de la franquicia aún por llegar —no hace falta que os diga cuál es el tercero en discordia, ¿no?—, tendremos que esperar doce años para que la NCC-1701 vuelva a llevarnos con audacia donde nadie ha podido llegar.

jueves, 13 de junio de 2013

Especial Paul Newman: 'El cáliz de plata' de Victor Saville

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Es realmente triste, por decirlo suavemente, el iniciar este especial dedicado a ese gran actor que fue Paul Newman con una película de la categoría de ‘El caliz de plata’ (‘The Silver Chalice’, Victor Saville, 1954), y que no es solo la peor interpretación de Newman, sino que podríamos considerarla como una de las peores películas de la década de los 50, así al menos lo pensaba el propio actor que siempre renegó de este trabajo. Existe una anécdota muy divertida al respecto, aquella que narra cómo el actor, cuando la película fue emitida por televisión en 1966, puso avisos en los periódicos pidiendo disculpas por su intepretación y animando al público a no ver semejante desastre. El efecto logrado fue precisamente el contrario.

miércoles, 12 de junio de 2013

Especial Star Trek: 'Star Trek: la próxima generación', de David Carson

Star Trek la proxima generacion cartel

Tras mantenerse siete años en antena ‘Star Trek. La nueva generación‘ (1987-1994) llegaba a su fin tres años después de que ‘Star Trek VI: aquel país desconocido‘ (‘Star Trek VI: the undiscovered country’, Nicholas Meyer, 1991) pusiera fin a las aventuras en la gran pantalla de la tripulación original del Enterprise. Considerando que la Paramount tenía bastante claro que la siguiente película en la franquicia vendría protagonizada por los integrantes de la NCC-1701-D con el Capitán Picard al mando, la maquinaria para levantar la que sería la película número siete de la saga galáctica se había puesto en funcionamiento en 1992, antes incluso de que se supiera que a la serie le quedaban dos temporadas por delante.

Con la idea en mente de que esta nueva producción debía servir de alguna manera para que la vieja tripulación cediera el testigo a la nueva en la gran pantalla, los artífices del guión Ronald D.Moore —la cabeza pensante detrás de la reimaginación de ‘Battlestar Galactica‘ (2004-2009)— y Brannon Braga decidieron traer a parte del reparto original, construyendo a su alrededor una historia en la que los viajes temporales son el eje central que sirve de nexo para que las ocho décadas que separan a Kirk y Picard puedan ser salvadas, único punto en el que reside la poca originalidad de la que hace gala ‘Star trek: la próxima generación‘ (‘Star Trek: generations’, David Carson, 1994).

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(De aquí en adelante, spoilers de los gordos) Pero el hecho de poder ver a Kirk y Picard compartiendo cuota de pantalla no parecía ser suficiente para los guionistas y el productor Rick Berman, que sentían que si querían sorprender al respetable, tendrían que recurrir a algo más que una simple historia de desplazamientos temporales dado que, a fin de cuentas, eso era algo que los seguidores de la saga ya habíamos visto en ‘Star Trek IV. Misión: salvar la Tierra‘ (‘Star Trek IV: the voyage home’, Leonard Nimoy, 1986).

Barajando así posibilidades acerca de cuáles son los temas profundos que un hombre debe afrontar a lo largo de su vida, la mortalidad apareció de forma natural en las reuniones que el dúo de guionistas mantuvo con el productor y, tras descartar que dicha mortalidad pudiera ser aplicada a un miembro de la nueva tripulación surgió la idea de que la séptima parte de la franquicia trekkie no sólo fuera el final definitivo de las aventuras de Kirk, Spock, Bones, Chejov, Sulu, McCoy o Uhura, sino que la aparición del personaje encarnado por William Shatner se utilizaría como excusa perfecta para intentar epatar a los seguidores acérrimos de la saga con la muerte del mítico capitán del Enterprise.

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Contando como descafeinado y desaprovechado villano para la ocasión con el siempre espléndido Malcom McDowell, el argumento del irregular filme gira en torno a un tal Dr.Soran que hará lo que sea, incluso destruir un sistema solar completo, para poder volver al Nexus, una corriente energética que transita por el espacio y en cuyo interior cualquiera que quede atrapado en ella puede hacer realidad sus anhelos más profundos durante toda la eternidad.

De nuevo con la componente metafísico/religiosa por bandera, como ya había pasado tantas veces en las seis entregas anteriores —el Nexus no es más que una suerte de Paraíso bíblico materializado— ‘Star Trek: la próxima generación’ falla en muchos aspectos que se traducen, directamente, en posicionar al filme como uno de los cuatro ejemplos más mediocres que la saga ha llegado a ofrecer al espectador a lo largo de sus doce entregas. Falla, primero, porque por más que esté adornada con efectos visuales que aún hoy, casi veinte años después de su estreno, mantienen el tipo, uno no puede desprenderse de la (molesta)sensación de estar viendo un capítulo alargado de la contrapartida televisiva con mucho más presupuesto e íntimamente ligado al ‘All good things…‘ con el que la serie finalizó.

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Directa consecuencia de lo anterior es el hecho de que la historia nunca termine de suscitar el interés en el respetable y, sobre todo, que los nuevos personajes —nuevos para aquél público que no hubiera visto ni un sólo episodio del serial televisivo— carezcan de la más mínima exposición, no pareciendo que entre las intenciones de la Paramount se cuente el intentar atraer a cuanto más público mejor: al no perder tiempo en introducir a Picard, Riker, Data, Geordi, Worf, Crusher y Troi, el filme se desvela como un producto hecho para disfrute casi exclusivo de los trekkies más recalcitrantes, no encontrando el resto muchos asideros a los que agarrarse para disfrutar de la cinta.

Ahora bien, todo lo anterior queda en agua de borrajas cuando el espectador veterano ha de valorar el que personalmente opino es el error más flagrante de la cinta: la absoluta carencia de emotividad con la que se arropa la muerte de Kirk. Un acontecimiento de tamaña importancia dentro del universo de ‘Star Trek’ debería haber venido revestido, primero, de un carácter mucho más épico que el que dimana del cutrísimo enfrentamiento entre Kirk y Soran y, segundo, de mayores resonancias que las que se derivan de un fallecimiento como otro cualquiera que no hace justicia al personaje —vamos, que puestos a comparar, mucho más emotivo era el óbito de Spock al final de ‘Star Trek II: la ira de Khan‘ (‘Star Trek II: the wrath of Khan’, Nicholas Meyer, 1981) que el que aquí se nos muestra—.

Las desiguales sensaciones que deja la anodina dirección de David Carson, el buen resultado que da la elección de Dennis McCarthy en los pentagramas —con ese bello y recurrente motivo compuesto para el Nexus— y las muchas diferencias que acusan los miembros del reparto, que van desde la solidez de Patrick Stewart hasta lo acartonadísimo de Shatner —que fue nominado al Razzie—, no hacen sino reflejar la montaña rusa tan poco entretenida que es ‘Star Trek: la próxima generación’, primer filme de la historia que contó con una página web propia. Afortunadamente, la siguiente entrega devolvería de forma momentánea cierta grandeza a una saga que, después, se hundiría en una sima muy profunda.